EL HABITO NO HACE AL MONJE
admin2017-09-05T11:24:59+00:00Hemos nacido y crecido en una cultura donde los valores de parecer y, por consiguiente, tener, priman sobre el ser. Lo que tenemos y parece que tenemos se ha convertido en carta de presentación de quiénes somos e incluso escaparate exhibicionista del pretendido éxito personal. Lo que es deseable tener en esta feria de vanidades, lo “bien visto”, viene marcado por el marketing social: un coche, una casa, un título universitario,… Hay una ambición y competitividad por poseer fomentada por una cultura del parecer que, disfrazada, responde al ancestral miedo de no poder alcanzar la seguridad, de no tener alimento para el día de mañana.
Y es aquí donde reside esa aparente contradicción entre lo que soy, lo esencial de mi ser, y lo que he de alcanzar, tener, poseer a la hora de enfrentar las decisiones en el siempre desconocido camino de la existencia personal. La vida está llena de sorpresas y no es tan predecible como a muchos le gustaría. Esa ansia por acumular ha generado actualmente que la pretendida riqueza se convierta en su opuesto: pobreza. No es especulación. Los ciudadanos y las instituciones sociales están en su conjunto endeudadas por encima de sus posibilidades, algo que es precisamente contrario a lo pretendido: enriquecerse. El materialismo, desafiante de la naturaleza sutil y real de las cosas, basado en la inseguridad y generador de más de sí mismo no nos asegura el porvenir y el bienestar aunque puntualmente lo haya conseguido en el siglo XX a costa de mayor violencia registrada en la historia de la humanidad. Cualquier campaña social generadora de promesas y confianza social basada en este miedo atávico que es la supervivencia está condenada al fracaso futuro. La semilla que se siembra cosecha los frutos correspondientes a su naturaleza. ¡El hábito no hace al monje!
Para enfrentar esta aventura de vivir y prosperar en ella hay que rescatar el espíritu, la parte sutil que crea la materia. No solo somos un cuerpo biológico provisto de inteligencia y emociones. En nuestro espíritu encontramos nuestros verdaderos sueños, la proyección del alma, conectamos con la vida que de verdad nos deseamos y que da sentido a nuestros días. Y en esta vida hay oportunidades y bienestar material en su justa medida, aquella necesaria y suficiente para seguir avanzando y sorprenderse del milagro de la vida, y hay bienestar espiritual que nos ofrece la seguridad de sabernos poseedores de unos talentos, capacidades y recursos para enfrentar los retos que se nos presenten. Desnudarse y permitirse ser uno mismo no solo es más espiritual sino también más práctico. La experiencia espiritual nos transforma radicalmente, nos facilita situarnos en el lugar del mundo que nos corresponde, y realizar esa obra que íntimamente siempre hemos deseado, aunque no hayamos sabido reconocerlo. Pues después de todo ¡no atraes a tu vida aquello que quieres sino aquello que eres! No pretendas habitar la piel de quien no eres, permitirte ser el ser genial que eres y descubrir la suerte que has tenido al venir al reino de los vivos. Tendrás segun quien eres y te sentirás satisfecho de ser quien eres.
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