Hoy en día se publican muchos
libros, y muchas personas escriben su propio libro. Un logro para las
editoriales y los autores. Hoy en día la oferta es más amplia que nunca y sin
embargo son solo unos pocos títulos los que
llenan, enriquecen, rebosan y desbordan la realidad domesticada en que vivimos
y la devuelven su sentido. Una minoría son libros extraordinarios y el lector
sabe cuándo está ante uno de ellos. Hace unas semanas y gracias a un buen amigo,
vino a mis manos un brillante ensayo, escrito hace veinte años por John Ralston
Saul, vigente hoy mas que nunca pues es sumamente esclarecedor de la cultura y realidad presente en la que interactuamos. Todas las páginas y son más de 500 páginas, de “Los bastardos
de Voltaire: la dictadura de la razón en occidente” son indispensables y al concluir su lectura se tiene
la sensación de que el autor ha dado concienzudamente lo mejor de si mismo, en ese momento, en favor y en nombre de los
demás.
abordan la sagrada “competitividad” que vacía de contenido el talento, convirtiendo
este vocablo en una palabra comodín y confusa del lenguaje que aparenta decir algo diciendo
poco o nada la mas de las veces:
convencido de que ser el mejor es ser algo. El corredor más rápido. El mayor
inventor. El cociente intelectual más alto. El mejor bebedor de cerveza. El
mejor jugador de ajedrez. El patinador que da más vueltas en el aire. Las
mejores calificaciones escolares. El mejor lanzador de dardos. El termino
excelencia se usa como si buscáramos contenido, cuando ante todo buscamos un
resultado mensurable: un sistema de clasificación o un sistema de clases, con
un rey de lo mejor en la cima”
insta al esfuerzo, haciendo que cada individuo de lo mejor de si. Se considera
que la competencia y la fama resultante se cuentan entre los grandes logros de
nuestra meritocracia racional. Prometen automejoramiento y participación”
contraria. En un mundo consagrado a medir lo mejor, la mayoría de nosotros ni
siquiera estamos en la competencia. Por una cuestión de dignidad, nos
eliminamos de la competencia para no dar a otros el poder de eliminarnos. Una
sociedad obsesionada por la competencia no solo no invita a dar lo mejor de si,
sino que nos insta a ocultar nuestro talento, convenciéndonos de que es
insuficiente- La difundida queja de que nos hemos convertido en sociedades de
espectadores es el resultado directo de un énfasis excesivo en la competencia”
que el autor expone como la competitividad conduce no solo a la fama, sino también,
a la violencia, introduce el toreo como una forma de comprender el sacrificio
humano:
de la violencia real es el torero. Está libre de competencia y recibe la adulación
de la multitud sin convertirse en estrella. No combate contra hombre sino
contra un animal, y el propósito de esta lucha no es que uno gane y el otro
pierda. El toreo no es deporte ni teatro. Es una ceremonia pública que habrían comprendido
los aztecas, los judíos del Viejo Testamento o cualquier cristiano que admita
que su religión se basa en la celebración ritual del sacrificio humano”
individuo y más a un a una estrella. La gente se interesa en las estrellas porque,
en cierto nivel, les gustaría ser una. Los espectadores no van a la plaza para
soñar que son toreros. La grandeza del torero aumenta en la medida en que
arriesga la vida mientras domina el toro. El grado de riesgo es el grado en que
se ofrece en sacrificio en nombre de la multitud. Cuanto mayor es el riesgo, más
refinado ha de ser el ritual. Y al sobrevivir, como ocurre habitualmente aunque
no siempre, el matador ofrece un sacrificio de sangre al pueblo. En casi todas
las civilizaciones el toro surge de las profundas cavernas del inconsciente
humano como símbolo de poder físico y sexual. La multitud comparte, aunque
privada de la muerte real de un hombre, el sacrificio interpuesto de nuestra
fuerza vital. Es una ceremonia religiosa que está a medio camino entre la
entrega original de un hombre en el altar y la concesión más reciente de
conformarse con pan y vino”
Ojeda recibió una oreja por el modo brillante y peligroso en que había enfrentado
a un toro. Ojeda es una de las grandes figuras de nuestro tiempo, una figura
emocional que puede conmover a una multitud con actos inesperados. Un observador
incauto habría creído que la multitud reaccionaba como si estuviera ante una
estrella. Pero cuando termino la corrida de Nimes y el inicio su paseo triunfal
por la arena, alzando la oreja en una mano, alguien le arrojo entre la lluvia
de ramilletes, un diminuto circulo de violetas envueltas en dos hojas- Ojeda
entrego la oreja a alguien, cogió las violetas y las alzó mientras terminaba el
desfile, con la multitud de pie. Ahora estamos habituados a que la figura deportiva
alce el puño en una exagerada representación de osadía física. Ojeda, habiendo
arriesgado la vida de veras, cayó de inmediato en la modestia, como diciendo
que había dado suficiente. Esta moderación solo exacerbó la pasión de la
multitud-…….Los mercaderes de la violencia en cambio, son a menudo auténticas
celebridades”
talento, sentido de vivir, competencia, fama y violencia para descanso del espíritu y renovar nuestra existencia