Arqueología
del Talento
  nació
con el milenio como una metodología basada en el lenguaje analógico con el fin
de que las personas y las organizaciones pudieran identificar el talento. Surgió
tras una investigación de más de quince años en la práctica de desarrollo
económico en organismos bilaterales y multilaterales en más de 20 países de
tres continentes. Los resultados de los proyectos y programas en desarrollo
económico internacional ponían de manifiesto que los recursos naturales, la
capacidad financiera, la educación formal de la población y la tecnología
disponible no aseguraban el éxito de la intervención que frecuentemente
mostraba efectos contradictorios cuando no contrarios a los planificados.
 La cultura era un factor determinante en la
alteración de los resultados esperados de las inversiones económicas a todos
los niveles (personales, familiares, locales, regionales, nacionales) y aunque
sabido por quienes trabajan sobre el terreno, su reconocimiento académico quedó
desterrado de la teoría económica por ser un elemento abstracto de difícil acomodo
en los modelos cuantitativos. La cultura como exponente de los valores,
creencias y patrones dominantes que enmarcan las relaciones entre los miembros
de un grupo de población, venía a decirnos que no existen recetas universales válidas
en el desarrollo económico; y que el crecimiento económico medido por índices cuantitativos
de PIB, inflación, desempleo, deuda externa y déficit público, no es
necesariamente representativo de la calidad de vida de una población.
Si la cultura estaba en el
centro del desarrollo económico y de las poblaciones, el talento lo estaba en
el de cada persona. Si las intervenciones estaban adaptadas a la cultura la
población obtenían mayores beneficios, y cuando estaban lideradas y/o participadas
por personas idóneas, con un don especial, independientemente de su nivel de
estudios académicos, el resultado era mejor del que pudiera esperarse. En la
condición humana residía el centro de la dinámica del desarrollo, nada nuevo,
pero que, más allá de los elegantes discursos analgésicos, se ignora
habitualmente en nuestra cultura tecnocrática y tecnológica.
Y es que nuestra cultura
tiene sus propias creencias reguladoras del comportamiento social y una de
ellas, proyección de los dogmas de la ciencia mecánica y materialista dominante
desde la ilustración, es la idea de “tábula
rasa”
de Locke, la idea de que todos somos iguales y que el talento se
adquiere, que es el fruto del esfuerzo en la adquisición de conocimientos y de
experiencias. En esta lógica, cuanta más energía dediques a tu educación y a tu
labor profesional adquirirás ventaja y obtendrás una calidad de vida mejor en
términos de seguridad, bienestar material y status social. En este marco de
aptitud adquirida, el talento es sinónimo de inteligencia, de facultad de la
razón para la adquisición de conocimientos que faciliten el análisis orientado
a la toma de decisiones/elecciones y, el entrenamiento de hábitos modeladores
de la experiencia. Este modelo reflexivo e ilustrado que hace uso del lenguaje
digital, el lenguaje del contenido y de la razón deductiva, del análisis que
descompone el todo en sus partes constituyentes, valorando y cuantificando lo medible
en la dimensión espacio/temporal enfrenta el sentido de la vida, la realidad
evidente de la naturaleza y la creación de la que formamos parte.
En la naturaleza no existen dos
organismos vivos iguales independientemente de su especie. Los miembros de una
especie tienen algo similar entre ellos, comparten un conjunto de rasgos mientras
que los atributos de dichos rasgos son específicos de cada individuo. La
configuración morfológica es única en cada miembro de la especie. ¡Somos
semejantes, no iguales! La naturaleza no fabrica clones, crea seres
autorganizados únicos y especializados dentro de patrones de forma
preestablecidos y susceptibles de variación.
Que la morfología varíe
entre los individuos de una especie implica, en términos de biología funcional,
que la aptitud inherente a cada miembro de la especie difiera. La función crea
la forma lo que no significa que la forma determine la función necesariamente. La
imitación, base de nuestro sistema educativo y aprendizaje social, es
apariencia que no se corresponde con la capacidad subyacente. El “hábito no
hace al monje” y la mediocridad es la consecuencia del hábito de imitar.  
La configuración
morfológica/funcional original de cada ser humano es única. Esto es: todos
podemos hacer de todo pero cada uno está especialmente dotado para un tipo de funciones.
El talento como patrón innato de capacidad nos hace idóneos en el sentido de
que optimizamos resultados con un mínimo consumo energético, como demostró la
doctora Benziger. Una aspiración constante de la innovación tecnológica presente
en nuestra misma naturaleza. Ser coherente con uno mismo conlleva desenterrar
nuestro talento y enfocarnos a ese tipo de tareas, actividades y labores en las
que somos idóneos. “Lo que tú puedes
hacer ningún otro ser en el planeta lo puede hacer”
, manifestó V. Frankl. Nadie
es prescindible.
Somos depositarios de un talento,
de una fórmula maestra funcional, de un patrón de aptitud innata, de un sello
que imprime un sabor original a nuestro quehacer. Como la vida, recibimos el
talento personal inconscientemente en los primeros compases de nuestra
existencia. Él ordena nuestra capacidad de una forma singular e instintiva
modelando nuestro cuerpo y orientándonos al cumplimiento de un propósito en la
creación a través de la vocación. El talento tiene carácter dominante, tiene querencia
hacia aquellas labores y terrenos de juego donde puede realizar su obra.
Por eso es importante que
cada persona reconozca su talento personal, pues se encuentra a sí misma,
encuentra su lugar en el mundo y da sentido a su vida participando en la obra
común, contribuyendo desde la competencia y la vitalidad al bien común. Y por
ello es importante que la organización social y económica valore el talento,
pues, identificado y ordenado, alcanzarán sus fines de una forma competente y
económica, y con un desempeño idóneo de quienes la componen en un ambiente favorable.
El talento integra y produce sinergias, motivación intrínseca, sentido de
pertenencia y satisfacción por la senda de la autorrealización.
El talento es la base sobre
la que construir la mejor de nuestras vidas posibles y de contribuir a la
realización del mejor mundo posible en cada sociedad. El talento es por tanto
un retroalimentador de la cultura y moneda de intercambio entre sus miembros.
Damos y recibimos lo mejor por medio del talento, la moneda de mayor valor económico
como ya se consideró en los primeros compases de la economía monetaria y
financiadora del desarrollo económico.
El talento está en el centro
de la creación y es el motor de la evolución cultural. Es el centro de gravedad
de la vocación individual y orienta la adquisición de conocimientos y
habilidades para su desempeño. Y toda vocación requiere de todo tipo de
talentos básicos de los cuales la inteligencia es uno más junto a los de
movimiento, comunicación y creación. Trascendiendo las categorizaciones de Assagioli
y Jung, existieron tantos talentos como seres humanos hubo y hay tantos
talentos como miembros de la población mundial existen. Cada uno distinto, cada
uno idóneo para renovar, día a día, el talento de la humanidad. Como no existe
una palabra específica para cada talento, ni podríamos describir sin limitar
cada talento jugando con todas las palabras del diccionario, hemos de recurrir
a otro tipo de lenguaje para reconocer el talento: al lenguaje analógico que es
inductivo, relacional e integrador de las partes, capaz de manifestar las
cualidades abstractas e intangibles a través de la aproximación, la semejanza,
la alegoría, la metáfora y el símbolo.

El lenguaje analógico
permite identificar el talento personal y el talento requerido por las empresas
y organizaciones, a partir de la elicitación de símbolos representativos e
integradores de las propiedades que contiene. Hacer un uso adecuado de este
lenguaje para nuestro fin, exige liberarnos de los prejuicios y creencias sobre
quiénes somos, pues, como apuntó Stuart Mill, el talento solo opera en libertad. Hay que salir del marco de quien
me creo ser para permitirme ser. Y nuestro ser reside en la dimensión
inconsciente donde fue creado y donde quedaron impresos los planos de la
configuración del talento. Nada mejor para acceder a ella que la inducción
hipnótica. Esta es la propuesta que pusimos en marcha en el 2002 con la
metodología Arqueología del Talento y
que se ha convertido en un referente a nivel mundial en lo que a talento y
desarrollo económico se refiere.