El talento, decía el gran Enrique
Jardiel Poncela (1901-52), es eso que todos elogian y nadie valora. Nunca se
alabó socialmente tanto el talento como hoy y nunca se le despreció tanto a la
hora de contribuir a la organización humana. El talento es el mejor recurso de
cada persona para contribuir al desarrollo no solo individual sino también
económico y social. Esta es la conclusión de quien al reconocer su propio
talento, encontró la luz tras más de veinte años trabajando en esa materia tan
ambigua que llamamos desarrollo económico en el ámbito internacional, en
proyectos  que como bien expone el Banco
Mundial en la memoria de sus experiencias que edita cada dos años y nadie parece leer, es una inversión ruinosa.
Existe un gran desencanto en esta
cruzada internacional que es el desarrollo. Quienes se inician en ella buscan un
mundo mejor, buscan ser partícipes de un cambio. Y al enfrentarlo caen en la
cuenta que solo replican el mismo modelo que quieren cambiar lo que supone una
crisis de congruencia y honestidad con ellos mismos, al tiempo que son notarios
de los perturbadores resultados promovidos por la cara inversión en desarrollo en
territorios cuyas coordenadas culturales son otras, convirtiéndose en cómplices
a su pesar del endeudamiento, pobreza y subdesarrollo generado por las
políticas, programas y proyectos de desarrollo.
La anterior contradicción parte
de la falacia racional de que las personas individualmente saben lo que quieren
cuando en realidad somos empujados a comprar sueños y abandonamos el sueño
propio, ese que es el que nos da vida y capacita por sí mismo. Pocas son las
personas que tienen claro lo que quieren en la vida, aquello por lo que merece dar
la vida hasta morir y eso es signo de madurez. A nivel social traficamos con
sueños y los sueños… los sueños no se compran, el sueño de la humanidad ha
concebido y creado ésta y a cada una de sus miembros. Cada uno de nosotros es
un sueño que forma parte del sueño de la humanidad. Y ese sueño que nos une a
todos, toma forma y cuerpo especifico en cada uno de nosotros en función de la
parte que a cada cual le corresponde realizar y materializar; y para ello dota a
cada individuo de una combinación de capacidades única para que pueda cumplir
con la parte del contrato de la vida, con su propio sueño, ese que da sentido a
su existencia y que viene estipulado y contemplado en el sueño de la humanidad.
El sueño que somos y su capacidad
inherente, esto es el talento, son por tanto una dotación innata única que individualiza
al ser humano. No se compran, ni se adquieren. 
Y por eso no le damos valor al talento y nos esforzamos en seguir
modelos sustitutivos del sueño que son válidos para otros pero no para
nosotros. He aquí la clave de la continua y ruinosa contradicción del
desarrollo tal como este se entiende. Hemos de liberar nuestro sueño y nuestro
talento para que nuestra existencia adquiera valor. Si esto ocurriera, la
sociedad se organizaría por si misma eficientemente y concederíamos al talento
y a la persona portadora su verdadero valor a la contribución que hace a la
humanidad.
Una historia que ilustra muy bien
lo dicho anteriormente es la del elogiado Barry White, EL MAESTRO. Una historia
que me recuerda a la I. Berlin en cuanto que la liberación del talento exige
una prueba de valor: trascender la supervivencia en el entorno que nos ha
tocado vivir. Barrence Eugene Carter que era su nombre de nacimiento, creció
junto a su madre en un guetto negro de Los Angeles, en un contexto cultural
donde convivía cotidianamente con un alto grado de criminalidad. Barry como los
adolescentes del lugar también fue un pandillero que robaba casas, coches, se
peleaba, se entregaba a su banda. De hecho este tipo de vida le llevó a la cárcel
en la adolescencia. Privado de su libertad, se preguntó qué le había llevado allí.
Estaba claro que  imitar los sueños, las
metas y estilos de vida de los jóvenes pandilleros del lugar donde el robo es
una forma habitual de supervivencia. La pregunta que se hizo entonces fue como
recobrar la libertad “Tenía tres
opciones, quedarme allí y soportar la cárcel, suicidarme, o mover el culo y
tratar de hacer algo en la vida. No tenía ni oficio ni beneficio, sólo la
idea de que creía en mí mismo”.
Y dejo sonar la música que había en él y
bailó a su son el resto de sus días.
En la cárcel supo que es lo que quería
ser, había entrado en conexión con su talento a través de su sueño y confió en
él, otra de las pruebas que exige el talento. Si bien la dama de la música se
le había insinuado desde su infancia a través de su madre que tocaba el piano y
posteriormente cuando cantaba en un coro y le cambió la voz en la adolescencia,
su desgana por aprender era patente en aquel tiempo. Fue estando privado de
libertad que su talento le brindaba la forma de recuperarla y conectar con su
sueño íntimo, ese que le conectaba en un acto de amor con la humanidad. Dos días
después de salir de la cárcel, un amigo se acercó hasta su casa para proponerle
si quería ser la voz de su grupo. Y así entró por primera vez en un estudio de
grabación y no solo reforzó su creencia en que la música era el sueño que
guiaba su vida: se enamoró de ella.  La música
era la estrella de su vida, la primera, la última, la única, la respuesta a
todos sus sueños, la razón de ser de su existencia.
Aquella noche, soñó con su gran
amor y este le despertó con su voz: tienes que ir a Hollywood. Y aquí, por
tercera vez, enfrentó la prueba de la Fe, sin la cual ningún talento se
reconcilia con su sueño. Oí llorar a mi
madre. Fue el llanto más profundo que he oído en mi vida de la boca de una
mujer, cuando mi madre me decía llorando: «¿A qué vas a Hollywood? No
conoces a nadie, no tienes nada, nadie te conoce, la gente de allí es blanca…
Barry hazme caso, en Hollywood te morirás yendo de acá para allá.»
En
Hollywood descubrió que la gente no se peleaba, hablaba, sonreía, se movía en
coches bonitos y supo que era allí donde quería estar. Y  ese amor por la música le llevó volando, como
en la alfombra de Aladino, a vivir su gran sueño, a ocupar el espacio que quería
y le correspondía. Compuso y cantó canciones inolvidables, compartió su voz y
su música con los divos, marcó una etapa con la autenticidad de su estilo
musical propio y recuperó los arreglos orquestales. Incluso artísticamente se
puso el apellido de White: un negro había triunfado en Hollywood. Bailó toda la
noche al dictado de sus musas, hasta que agotado falleció un día simbólico para
la libertad: el 4 de julio a la edad de 59 años. “Barry White dedico su vida al
amor en toda su trayectoria, creó amor para el mundo a través de la música, ese
fue su mensaje en todos sus discos” diría su hijo al morir. La música fue su
tema de amor, el medio de unir el mundo a través de la belleza de su talento.

Esa fue la gran lección de Barry White,
la del valor de escuchar su voz, su sueño, tener fe en ella para liberar su
inmenso talento, ese que es tan elogiado, y crear amor. Bien sabía de ello nuestro
inclasificable genio Jardiel Poncela. Si siguiésemos el ejemplo de ellos el
desarrollo económico valoraría el talento y la armonía social dejaría de estar
basada en la cuantificación y comparación de rentas y patrimonios para
alcanzarse a través de la razón íntima que nos llena de vida. Palabra de un
economista que un día fue liberado por su talento y supo que ese era el gran
valor del desarrollo personal y social. Y que el desarrollo no es tanto técnica, sino, mas bien, arte de vivir.